#163. Cómo Combinar Desesperación, Sudor y Magia para Convertirte en un Icono Irrepetible
"SI no estás trabajando duro, probablemente estás malgastando tu tiempo" - Paul Graham
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Cómo Combinar Desesperación, Sudor y Magia para Convertirte en un Icono Irrepetible
“La verdad es que, cuando se dan las circunstancias adecuadas, con poco más que sueños, determinación y la libertad para intentarlo, personas bastante ordinarias hacen consistentemente cosas extraordinarias.”
— Dee Hock
Naces en 1962 en Newmarket, un pueblecito de Ontario, Canadá.
Tu padre es un músico de vocación que ha elegido el camino seguro: trabajar como contable para dar estabilidad a la familia. Tu madre cuida de ti y de tus tres hermanos mayores. Sois de clase media-baja, pero nunca faltan las risas, comida en la mesa y un techo sobre vuestras cabezas.
Desde pequeño, algo te diferencia de los demás niños. Mientras ellos juegan en la calle, tú te encierras en el baño a hacer muecas frente al espejo durante horas.
Tu madre se desespera, pero no puedes evitarlo.
Descubres que tu cara es como un instrumento: se estira, se contorsiona, se transforma. A los 10 años, envías tu currículum a un programa de televisión. Por supuesto, no te responden. Pero eso a ti no te importa nada.
Descubres que la magia existe
Un día, sentado en la última fila de tu clase, tu vida cambiaría para siempre. Lo recordarás así, años más tarde:
“En segundo grado tuve una profesora suplente de Irlanda que le dijo a mi clase durante la oración matutina que cuando ella quiere algo, lo que sea, reza por ello y promete algo a cambio. Y siempre consigue lo que quiere.
Yo estaba sentado en la parte trasera del aula pensando: “Vaya, mi familia no puede permitirse una bicicleta”. Así que me fui a casa y recé por una, y prometí que rezaría el rosario todas las noches a cambio. Rompí esa promesa (no recé nada). Pero dos semanas después, llegué a casa de la escuela y encontré una flamante bicicleta Mustang con un asiento tipo banana y manillares estilo easy rider. Wow.”
Mi familia me informó que había ganado la bicicleta en una rifa en la que un amigo mío había inscrito mi nombre sin que yo lo supiera en absoluto. Ese tipo de cosas me ha estado sucediendo desde entonces.”
Este episodio casi anecdótico tendrá una importancia mayúscula décadas más tarde.
El camino de la desesperación
Cuando cumples 12, tu padre pierde su trabajo como contable.
De un día para otro, faltan las risas, la comida sobre la mesa y también el techo. Acabáis viviendo en una furgoneta Volkswagen, aparcada donde os dejan cada día. Cuando no es la furgoneta, es una tienda de campaña en un camping junto al lago Ontario.
Al cabo de un tiempo tu padre encuentra trabajo, en una fábrica de neumáticos. Pero sigue sin ganar lo suficiente, así que todos en la familia (incluido tú) empezáis a trabajar también, como conserjes y guardias de seguridad, en la misma fábrica que tu padre.
A tus 14 años estás haciendo turnos de ocho horas después del colegio. Tus notas se desploman. Tu ánimo también. Décadas después, en una entrevista para The Hollywood Reporter, lo describirás con rabia:
“Estaba furioso. Mi padre sufría, así que yo culpaba al mundo entero. Todos a mi alrededor llevaban navajas, y yo estaba en medio de la locura.”
El día que cumples 16 años dejas el instituto. Decides renunciar a la ceremonia de graduación por ayudar a que tu familia sobreviva. Renunciarás a muchas cosas más en esa época, pero hay algo que la pobreza no te quitará jamás: tu capacidad para hacer reír.
De hecho, ahora es más evidente.
Tu madre lleva años enferma, enganchada a los analgésicos, y tú has convertido el humor en una herramienta de supervivencia doméstica. Te tiras por las escaleras delante de los invitados (y luego haces la repetición a cámara lenta, narrada en detalle para la televisión), te golpeas contra las paredes, y haces voces de personajes famosos para arrancarle una sonrisa a tu madre, que te mira con cariño desde la cama.
Cuando te pregunten años después de dónde sale tu talento para la comedia, lo tendrás muy claro: “Desesperación.”
Te lanzas al ruedo
A los 15 años, animado por tu padre, subes por primera vez a un escenario en un club de comedia de Toronto.
Empiezas haciendo imitaciones de Elvis Presley y James Stewart. Es un desastre absoluto. Te sacan a gritos del escenario. El impacto en tu autoestima es tan violento que decides no hacer stand-up durante los 2 dos años siguientes.
Pero vuelves. Porque tú siempre vuelves.
Esta vez el tema empieza a funcionar. Dejas de imitar a otros y empiezas a encontrar tu propia voz, una mezcla de elasticidad facial, energía descontrolada y vulnerabilidad que nadie ha visto antes.
En pocos meses pasas de que te hagan un favor en las noches flojas de los locales, a cobrar por subir al escenario. Siempre con tu padre como fan número uno, el chófer que te acompaña siempre a todas tus actuaciones.
Un crítico del Toronto Star escribe que está presenciando “el nacimiento de una auténtica estrella.” Rodney Dangerfield, uno de los cómicos referentes en Estados Unidos, te ve actuar y te contrata como telonero de su gira. De repente estás haciendo reír a salas llenas en Las Vegas.
Tienes 19 años y una decisión que tomar: quedarte en Canadá y ser una estrella local, o jugártelo todo en Hollywood.
El duro aterrizaje en USA
En 1983, con 21 años, te mudas a Los Ángeles y empieza la travesía del desierto que tantos otros hicieron antes que tú.
Actúas en The Comedy Store noche tras noche. Haces pequeños papeles en películas que a nadie le importan. Te presentas al casting de Saturday Night Live, y te rechazan de plano. Consigues un papel protagonista en una serie llamada The Duck Factory, y la cancelan tras la primera temporada. Llegas a hacer de extraterrestre en una película de serie B.
Los años pasan, y la gran oportunidad no llega. Pero en lugar de hundirte, desarrollas un ritual de supervivencia.
Cada noche, cuando terminas de actuar en el club de turno, conduces hasta un mirador en Mulholland Drive, el barrio de las estrellas de Hollywood. Aparcas el coche y contemplas las luces de la ciudad, extendidas bajo tus pies. Y entonces te dices a ti mismo:
“Soy un actor popular. Todos los directores quieren trabajar conmigo. Todas estas cosas existen ahí fuera. Simplemente todavía no las he alcanzado.”
Una de esas noches, en 1985, te acuerdas de aquella clase del colegio en el que tu profesora irlandesa te descubrió cómo hacer magia.
Así que sacas un talonario y te escribes un cheque a ti mismo por 10 millones de dólares. En el concepto escribes: “Por los servicios prestados como actor.” Le pones la fecha del día de Acción de Gracias de 1995, 10 años más tarde.
Doblas el cheque, lo metes en la cartera, y lo llevas contigo a todas partes. No tienes ni para pagar el alquiler, pero llevas en el bolsillo un recordatorio de lo que vas a construir.
En 1990, tu amigo Damon Wayans te consigue un puesto en In Living Color, un programa de sketches en la Fox. Tus personajes te convierten en una cara conocida en toda América. Pero sigues siendo un cómico de televisión.
En 1994, sin embargo, tu vida pega el giro que estabas esperando. En un solo año estrenas 3 películas: Ace Ventura, La Máscara y Dos Tontos Muy Tontos. Las tres arrasan en taquilla. De la noche a la mañana, pasas de ser un cómico prometedor a ser la mayor estrella de comedia del planeta.
Cuando Oprah Winfrey te pregunta, años después, si la visualización funciona, tu respuesta será muy de tu estilo: “Bueno, sí. Pero no puedes solo visualizar y luego irte a comer un sándwich.”
La magia hace su trabajo
En septiembre de 1994, justo cuando la vida empieza a hacer click, muere Percy, tu padre.
El cheque que llevas en la cartera está fechado para el Día de Acción de Gracias de 1995, así que quedaba todavía un año más de un año para cobrarlo.
El día del entierro metes el cheque en el ataúd de tu padre.
Percy te llevaba en coche a los clubs de comedia de Toronto cuando no teníais ni para gasolina. Te ayudó a montar tu primer número cuando no eras más que un niño con una ilusión. Y te dejó, con sus fracasos, la lección más importante de tu vida.
Años después, lo explicarás así ante miles de personas en un discurso de graduación que dará la vuelta al mundo:
“Mi padre podría haber sido un gran artista, pero no creyó que eso fuera posible para él. Así que tomó la decisión conservadora. Eligió un empleo seguro como contable. Y cuando yo tenía doce años, lo despidieron de ese empleo seguro.
Aprendí muchas grandes lecciones de mi padre. La principal fue esta: puedes fracasar también en cosas que no quieres. Así que más vale arriesgarse haciendo algo que quieras de verdad.”
1996 es el año en el que explotas definitivamente.
Te conviertes en el primer actor de comedia en cobrar 20 millones de dólares por una película. Y no te quedas ahí: ganas 2 Globos de Oro por papeles dramáticos en El Show de Truman y Man on the Moon.
Demuestras que eres mucho más que una mueca. Y la industria que un día te ignoró, ahora te venera.
Eres Jim Carrey
Ese chaval pobre que actuaba en clubs vacíos, y que acabó acumulando una fortuna de casi 200 millones de dólares. Ese chico que convirtió su cara elástica y su sentido del humor en 2 Globos de Oro. Ese tipo al que sacaron un día del escenario entre abucheos y acabó definiendo la comedia de los años 90.
Eres el chico que combinó desesperación, magia y trabajo duro… y ganó.
Décadas más tarde, recuerdas el papel que tuvo en tu vida la magia:
“Tu trabajo no es averiguar cómo va a suceder algo que quieres, sino abrir la puerta en tu cabeza. Y cuando la puerta se abra en la vida real, simplemente crúzala. Y no te preocupes si pierdes tu señal porque siempre hay puertas abriéndose. Siguen abriéndose.
La vida no te sucede a ti, sucede para ti. ¿Por qué no apostar por la fe? Apuesta por la fe, no por la religión, sino por la fe. No por la esperanza, sino por la fe.
Estás listo y capacitado para hacer cosas hermosas en este mundo. Y después de que cruces esas puertas hoy, solo tendrás dos opciones: amor o miedo. Elige el amor, y nunca dejes que el miedo te vuelva contra tu corazón juguetón.”
Tres preguntas para reflexionar
¿Mis decisiones responden a mi convicción, o son resultado de mis miedos?
El padre de Carrey eligió la seguridad, y la seguridad le falló de todos modos.
El riesgo que creemos haber cubierto no siempre desaparece. A veces cambia de forma. A veces, la opción “segura” es la más peligrosa de todas, porque te deja justo donde no quieres estar cuando las cosas se tuercen.
¿Qué riesgos crees que estás cubriendo, y que quizá no están cubiertos en absoluto?
¿Estoy dispuesto a pagar el precio de eso que quiero, durante años y cuando nadie mira?
Carrey no se sentó a esperar que el universo le entregara 10 millones.
Visualizó esos 10 millones, y luego siguió dejándose la piel, actuando en clubs medio vacíos, aceptando papeles menores y fracasando una y otra vez. El cheque no era más que un contrato firmado consigo mismo para no abandonar.
¿Cuál es tu versión de ese cheque? ¿Qué contrato has hecho contigo mismo para conseguir eso que quieres?
¿Estoy usando la adversidad como combustible, o como excusa?
Carrey no triunfó a pesar de la pobreza, la furgoneta convertida en hogar, y los turnos en la fábrica siendo todavía un niño. Triunfó gracias a esos ingredientes.
Como él mismo dijo:
“La desesperación es un ingrediente necesario para aprender cualquier cosa o crear cualquier cosa importante. Si en algún momento no llegas a estar desesperado, no serás nunca interesante.”
La pregunta no es si tienes o no problemas. Es qué estás haciendo con ellos. Porque, en la vida, tenemos que decidir si somos supervivientes de nuestras circunstancias, o las víctimas.
Es una decisión importante. Una decisión con el poder de marcar nuestro destino, como nos recuerda Tony Robbins:
“Las creencias tienen el poder de crear y el poder de destruir.
Los seres humanos tenemos una habilidad impresionante para interpretar las experiencias de nuestras vidas y sacar de ellas un significado que nos incapacite totalmente, o que se convierta en nuestra salvación.”
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