#136. La Niña Que Sólo Quería Tocar Caras: Cuando la Obsesión se Come al Talento en el Desayuno
“No existen los malos tiempos. Me repetía a mí misma: ‘no existen los malos negocios. Los negocios están ahí si los buscas.’ Todo lo que se necesita es esfuerzo total. En todo lugar. Siempre."
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La Niña Que Sólo Quería Tocar Caras: Cuando la Obsesión se Come al Talento en el Desayuno
Queens (Nueva York), 1914.
Mientras otras niñas juegan con muñecas, tú obsesión es otra: las caras de la gente. No puedes evitarlo: cada vez que ves a una mujer, imaginas cómo ayudarla a estar más guapa.
Tu padre se cansa de tu obsesión: "Deja de tocar las caras de otras personas", te grita. "Pero papá, ¡eso es lo que me gusta hacer!” — le dices — “tocar las caras de otras personas, sin importar quiénes sean. Tocarlas y hacerlas hermosas. Estoy segura de que estableceré el récord mundial de tocar caras".
Tu familia tiene una ferretería, y desde pequeña trabajas ahí los fines de semana. Lo que te fascina no son ni los clavos ni las herramientas. Te fascina cómo se empaquetan las cosas. Esa experiencia te enseña que puedes hacer que cualquier cosa sea mejor si se mejora su apariencia.
Todo cambia cuando llega tu tío John desde Hungría.
John es especialista en piel, y captura tu imaginación como nadie antes lo había hecho. Te sientes hipnotizada viéndolo crear cremas mágicas sobre una estufa de gas en tu propia casa.
Años más tarde reconoces:
"Mi historia es la historia de un hechizamiento. Quedé hechizada sin remedio por el poder de crear belleza. Mi tío John tenía mundos que enseñarme. ¿Sabes lo que significa para una niña que de repente alguien se tome muy en serio sus sueños más incomprendidos? ¿Que le enseñe secretos? No podía pensar en nada más".
Al cabo de pocos años empiezas a experimentar con las cremas de tu tío en cada una de tus amigas. No hay una sola niña a tu alrededor que no esté untada con alguna de tus cremas. Tu reputación crece cada día.
Un día sucede algo que te marca para siempre.
Algo que demuestra, una vez más, el poder que tienen las palabras para instalar (o destruir) creencias en la cabeza de una persona:
Estás en una tienda admirando la blusa de una mujer elegante. "Qué blusa tan hermosa llevas puesta", le dices con admiración. "Es tan elegante. ¿Te importa si te pregunto dónde la compraste?"
Ella sonríe. "¿Qué diferencia podría hacer?", te responde, mirándote directamente a los ojos. "Tú nunca podrías permitírtela."
Algo estalla en tu interior. Te alejas con el corazón acelerado, la cara ardiendo. "Nunca, nunca, nunca nadie me volverá a decir eso" — te prometes a ti misma. "Algún día tendré todo lo que quiera."
Tu madre, al verte cómo la rabia te consume, planta en ti una semilla de confianza que durará toda la vida. Una frase que te ayudará a crear un imperio años más tarde:
"Eres tan hermosa como te crees que eres. El secreto es imaginar que eres la persona más importante de la sala, la persona que todos los demás están esperando ver. Si te lo imaginas vívidamente, te convertirás en esa persona."
Al cabo de los años recuerdas lo importante que fue aquel episodio:
"Comencé a valorarme mucho más, a confiar en mis instintos, a confiar en mi singularidad. Confiar en uno mismo no es siempre algo natural. Si se aprende desde joven, la práctica se mantiene. Hoy, no hay nadie que pueda intimidarme por título, habilidad o fama. Hago lo que es correcto para mí."
Te casas joven, tienes un hijo, pero siempre que tienes tiempo te encierras para cocinar potingues. Sólo te sientes viva con tus cremas. Empiezas a dar tu producto gratis a cualquier mujer que esté dispuesta a probarlo.
Cuando finalmente alguien te ofrece un pequeño mostrador en su salón de belleza, no dudas ni un segundo. Trabajas todos los días desde las 9 de la mañana hasta las 6 de la tarde. Nunca paras a comer. Sientes que tienes que estar ahí para cada mujer. Si no estás ahí quizá pierdas la venta.
Tu arma secreta es algo que llamas “Tell-a-Woman” — el boca-oreja de mujer a mujer.
"En aquellos días, antes de la televisión y la publicidad de masas, solo había dos formas clave de comunicar un mensaje rápidamente. el teléfono y el telégrafo. Yo tenía una tercera, muy potente: el “Dile-a-una-Mujer”. Mis mujeres eran mi marketing”.
Tu otra gran innovación es también muy simple: le regalas a cada mujer una muestra de lo que no compre. La idea es convencer a cada mujer de que pruebe el producto.
Años más tarde recuerdas:
"¿Mi gran secreto? no dejar ir a una sola mujer con las manos vacías. Yo no tenía un departamento de publicidad, pero tenía la intuición de una mujer. Simplemente sabía que regalar algo con cada compra era irresistible.”
En 1946 te ofrecen abrir un stand en Saks Fifth Avenue.
Tu vida está a punto de cambiar para siempre.
Todas las personas a quienes habías dado muestras, todas las mujeres que habían hablado de ti a otras mujeres… todas aparecen el día de apertura. En dos días acabas con todo tu inventario de cremas.
“Era 1946. La diversión estaba a punto de comenzar. Y con ella llegaron el trabajo interminable, los viajes interminables.” — recuerdas años más tarde.
No crees en esa mentira del “work-life balance”.
Sabes, como todos los emprendedores de raza, que tu vida personal y la profesional son una sola. Da igual si estás de vacaciones en un hotel elegante. No puedes ver mujeres en la piscina y no acercarte a darles consejos de belleza y muestras gratuitas. Cuando te juntas a jugar al bridge aprovechas para maquillar a tus amigas.
Toda tu vida es un escenario para la venta:
"No es suficiente tener el producto más maravilloso del mundo. Debes ser capaz de venderlo. Nunca he trabajado un día en mi vida sin vender. Si creo en algo, lo vendo. Y lo vendo agresivamente."
Pero hay algo más profundo en tu éxito: tu negocio no era un negocio. Lo tuyo era una misión.
Eres otro ejemplo más de una verdad absoluta: que aquellos para los que su profesión es una misión (y por tanto, una diversión) siempre acaban ganando más que los que sólo buscan ganar más dinero:
"Mi impulso y persistencia siempre estuvieron ahí. Son sin duda cualidades esenciales para construir un negocio exitoso.
Sin embargo, a veces me pregunto si hubiera puesto mi corazón en vender borlas, autos, muebles, o cualquier otra cosa que no fuera belleza, ¿habría llegado a la cima de una profesión? De alguna manera lo dudo.
Creía en mi producto. Amaba mi producto. Yo era una mujer con una misión: tenía que mostrarles al mayor número posible de mujeres no solo cómo ser hermosas, sino cómo mantenerse hermosas."
Eres Estée Lauder.
La mujer que buscaba el récord mundial de tocar caras. La mujer que sólo se sentía viva cocinando cremas. La mujer que vendía su producto hasta en la piscina de un hotel, estando de vacaciones.
Eres una mujer que supo desde pequeñita que “tomar riesgos es la piedra angular de los imperios.” Y que gracias a esa filosofía, tu imperio factura hoy 15.000 millones de dólares.
Todo porque, todavía siendo una niña, entendiste que la imagen es un ingrediente crítico de la identidad de las personas:
“Una persona tiene que amar ella misma lo que proyecta si espera que otros también amen lo que proyecta. Y nuestra imagen es la proyección más obvia de cada uno. ¿Cómo podía yo saber esto a los 12 años? No lo entendía. Simplemente lo supe.”
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Hola Rafa,
Hace tiempo te sigo (y te reenvío y te recomiendo) pero últimamente no había tenido tiempo de leerte. El otro día, en el coche, me enganchó de tal manera la historia de la mujer analfabeta rusa, que se lo leí a mi marido mientras conducía. Y siendo como es, se enganchó él también porque no dijo ni mu hasta que no hube terminado. Ahora, con esta entrada, lo mismo. He vuelto al redil :)
Me encantan estas mini biografías porque nos ayudan a conocer los inicios de las personas que fundaron lo que hoy son marcas sólidas y exitosas. Damos por sentado el éxito pero no nos paramos a pensar el esfuerzo que tuvieron que hacer los protagonistas para llegar a él. Lo equiparo a los derechos laborales. Nuestros hijos creen que siempre ha existido el concepto "vacaciones" pero no saben que hubo gente que luchó (y murió) para conseguir lo que tenemos hoy.
Por mi parte, te animo a continuar con este formato, sino siempre quizá sí de manera puntual.
Un abrazo
Elena
A mi particularmente me gustan los 2 formatos, cada uno tiene su pro y su con. Este tipo de historias de vez en cuando ayuda a dar un toque fresco a largo plazo, se retienen bien en la mente y se captan los mensajes principales. Gracias!