#179. Cuando te Expulsan del Colegio por no Pagar y Acabas Ganando 8 Mundiales
"No se dan precios por predecir la lluvia. Se dan premios por construir el arca." — Don Beck
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Cuando te Expulsan del Colegio por no Pagar y Acabas Ganando 8 Mundiales
“No nos perturban las cosas, sino la opinión que tenemos de ellas.”
— Epicteto
Naces en Viena, en 1972.
Tu padre lleva 10 años enfermo de cáncer cerebral. Muere cuando tienes 15. Durante toda tu infancia vives bajo la tenaza de la enfermedad y la falta de dinero.
Tu madre es doctora. Trabaja sin descanso para pagarte un colegio francés caro, lleno de niños ricos. Estudias allí, pero no eres uno de ellos.
Un día, con 14 años, te sacan de la clase en mitad del día y te mandan a casa. Tu madre no ha pagado los últimos recibos. Vuelves a casa en tranvía con la mayor vergüenza que has sentido nunca. “Fue una experiencia humillante.” — recordarás, años más tarde.
Ese día, con 14, imprimes una creencia en tu cabeza que definirá tu vida para siempre: nunca más dependerás de nadie.
Modo supervivencia
Tu padre cambió con la enfermedad. Tu madre, dices, estaba en su propio modo supervivencia. Y tú decides, muy pronto, no esperar nada de nadie.
No culpas a nadie. Años más tarde dirás:
“Sufrí mucho en mi infancia. De adolescente solo intentas sobrevivir. Siempre tuve, desde muy joven, la sensación de que no quería depender de nadie. Quería tener el control. Quería una vida mejor e hice lo que pude para conseguirlo.”
Empiezas Económicas en Viena, pero lo dejas a medias. No quieres una vida de despacho. Quieres velocidad. Así que eliges la salida más romántica y más difícil de todas: ser piloto.
El piloto que no llegó a nada
En 1992 empiezas a correr en la Fórmula Ford austriaca y alemana. Vas rápido. En 1994 ganas tu categoría en las 24 Horas de Nürburgring.
Pero el salto a la Fórmula 1 nunca llega. No acompañan ni los resultados ni el dinero. Das clases como instructor en una escuela de pilotaje para pagarte las carreras.
Sigues compitiendo durante años. Ganas las 24 Horas de Dubái en 2006 y marcas el récord de vuelta rápida en el Nordschleife en 2009. Pero ya has entendido algo que a mucha gente le mucho aceptar.
No eres material para la Fórmula 1.
Aprendes a hacer dinero
En 1996 abandonas tu sueño de llegar a la F1 y te haces emprendedor.
Con dos socios montas una empresa que abastece a la industria del papel. Cuando uno de vuestros mayores clientes está a punto de quebrar, estudiáis comprarlo para recuperar lo que os debe. Tu primera lección: A veces renta comprar barato lo que otros dan por muerto.
En 1998 fundas tu firma de inversión. Apuestas por internet y tecnología justo cuando el mundo se vuelve digital. En 2004 empiezas a virar hacia empresas industriales medianas y cotizadas.
10 años después ya no necesitas ganar dinero para vivir. Has logrado la independencia que hacen de bálsamo para tus heridas de la infancia.
Aquel niño de 14 años que vuelve avergonzado a su casa en tranvía, por fin no depende de nadie.
Pero no ha sido sin esfuerzo. Poca gente sabe que pasaste por más de 500 horas de terapia a lo largo de tu vida.
Tienes algo claro:
“Hay mucha gente de perfil alto que parece tenerlo todo y está sufriendo muchísimo en silencio. Tenemos la obligación de reconocer para todos ellos que algunos pedimos ayuda. Pedir ayuda es bueno.”
La puerta de atrás
Ahora tienes dinero y experiencia, así que vuelves a tu primer amor — el automovilismo — por la puerta de atrás.
En 2006 compras el 49% de HWA, la empresa que lleva el programa de Mercedes en los turismos alemanes. La sacas a bolsa un año después. Para la industria pasas de ser un piloto frustrado a ser dueño de un player importante en el sector.
En 2009 das el salto.
Surge la oportunidad de comprar una parte del equipo Williams, y entras en su consejo. En 2012 ya eres director ejecutivo, y ese año Pastor Maldonado le da a Williams, en España, su última victoria hasta el día de hoy.
El sector empieza a mirarte distinto. Ya no eres el inversor que juega a las carreras. Cuando llegas a un sitio, le das la vuelta y lo haces ganador.
Las flechas de plata
En enero de 2013 das el paso definitivo.
Compras el 30% del equipo Mercedes de Fórmula 1 por unos 30 millones de dólares, y te conviertes en su CEO. el mítico piloto Niki Lauda entra contigo con un 10%.
Lo primero que cambias no es la ingeniería. Es otra cosa.
Cuando visitas por primera vez la fábrica del equipo, en Brackley (UK), entras en el vestíbulo y te sientas a esperar al director del equipo.
Lo recordarás así:
“En la mesa había un periódico Daily Mail arrugado de la semana anterior y dos tazas de café de papel usadas.
Fui a la oficina para reunirme con director de entonces y al final de nuestra conversación le dije: ‘Tengo muchas ganas de trabajar contigo. Pero te diré una cosa: esa recepción no ‘huele’ a ‘F1’. Eso debe cambiar si queremos ganar’.
Él me dijo: ‘Es la ingeniería la que nos hace ganar’, y yo respondí: ‘No. Es la actitud. Todo comienza con la atención a los detalles’”.
Construyes una máquina de ganar. Y la diseñas con reglas muy claras.
Todo es culpa tuya
Para ti, da igual el sector. Todo orbita alrededor de las personas:
“No gestiono coches de carreras. Gestiono personas que gestionan coches de carreras. Cada miembro del equipo tiene esperanzas, sueños, miedos y ansiedades. Es importante para mí entender qué son, y saber qué impulsa a una persona”.
Tu primera regla de liderazgo no suena nada a gurú de LinkedIn:
“Cuando alguien comete un error en tu empresa lo natural es decir: ‘Es su culpa’. Pero como líder, tienes que luchar contra ese instinto y preguntarte: ‘¿Cómo pudo suceder eso? ¿Tenemos las herramientas adecuadas, o la capacitación adecuada, o a la gente correcta en el puesto correcto?’ Quizá no fui yo quien cambió esa rueda, pero ese error no deja de ser mi responsabilidad”.
En tu equipo se culpa al problema, no a la persona.
¿Por qué? Porque sabes lo que hace el miedo: cuando creas un entorno de miedo, la gente no se atreve a hablar. No se atreve a señalar lo que está mal.
Un equipo que esconde sus errores pierde. Así que haces lo contrario. El ingeniero más joven puede llevarte la contraria. En el equipo hay una regla que se cumple a rajatabla: “identifícalo, dilo, y arréglalo.”
Contrata a gente mejor que tú
Tu idea de liderar es un reflejo de lo que Warren Buffett lleva una vida diciendo:
“Contratas y desarrollas a las personas correctas, creas una cultura alrededor y defines el objetivo. A partir de ahí, cada uno entrega en lo suyo.”
Odias el micromanagement.
Pones a gente buena en cada posición y te quitas de en medio. Liderar, para ti, es construir el contenedor en el que gente top puede hacer su mejor trabajo.
Tres valores gobiernan tu cultura: di siempre la verdad, daos poder los unos a los otros, y prohibido buscar culpables.
Dos estrellas en rumbo de colisión
Llegamos a 2016.
Tus dos pilotos, Hamilton y Rosberg, se quieren ganar el uno al otro. En España chocan en la primera vuelta. Los dos fuera. Más adelante, vuelven a tocarse. Pierdes más de 50 puntos por errores entre ambos.
Lo vives como un volcán a punto de estallar.
Y entonces haces algo drástico. Les dices que están fuera del equipo.
“Los despedí.”
No llegas a ejecutarlo, pero el mensaje queda. Pones una línea roja que cabe en 4 palabras: prohibido chocar entre vosotros.
Hablas con Alain Prost sobre su mítica guerra con Ayrton Senna, cuando ambos luchaban por títulos en McLaren. Descubres que el gran fallo fue la falta de transparencia de los jefes. Así que tú haces lo contrario: transparencia total. Se habla todo.
Marcas tus líneas rojas, y a partir de ahí, transparencia total.
El día que pierdes el control
Abu Dhabi, última carrera de 2021.
Todo apuntaba a que Hamilton iba a ser campeón. Pero en la última vuelta, una decisión polémica del director de carrera (Michael Masi, al que acabaron despidiendo) le entrega el título a Verstappen.
Lo que sientes no es tristeza. Es rabia.
“Sentí rabia de que una persona pudiera quitarle el octavo título al mejor piloto del mundo con una mala decisión.”
Y entonces lo conectas todo con ese niño de 14 años en Viena:
“No había vivido una pérdida de control como esta desde que era niño.”
Ahí está. Construiste un imperio entero para no volver a sentirte impotente. Y el deporte te devuelve, en directo, la sensación de la que llevabas huyendo toda la vida.
Te marca tanto ese evento que guardas el coche de 2021 en la fábrica, a la vista de todos. No para regodearte, sino para recordar que nunca más volverás a perder el control.
Eres Toto Wolff
Ese niño al que echaron de clase por no pagar, y que hoy tiene una fortuna de casi 2.000 millones de dólares.
El joven que pasó por 500 horas de terapia y que ha logrado 7 títulos de pilotos y 8 de constructores en F1.
Ese piloto frustrado que triunfó en el automovilismo por la puerta de atrás, y cuyo método de liderazgo se estudia hoy en la universidad de Harvard.
Para ti, los trofeos no son la lección.
La lección es lo que hiciste con lo peor de tu historia.
Cogiste la impotencia, la dependencia y la humillación de aquel tranvía y las convertiste en una forma de liderar: asumir tú la culpa, perseguir la verdad, y dar poder a los demás para que el equipo sea siempre un poco mejor.
La herida se hizo motor. Y el motor, con el tiempo, te trajo la calma.
Tres reflexiones para ti
¿Cuál es la herida de tu historia que hoy finges que no existe?
Wolff convirtió la suya en motor, no en excusa. Decidió ser un superviviente, no una víctima. La pregunta no debería ser qué te pasó, sino qué quieres construir con ello.
Cuando algo sale mal en tu equipo, ¿buscas un culpable o dices “en el fondo es culpa mía”?
La responsabilidad radical es un primer paso obligado para cambiar tu vida.
¿Cuánta energía gastas peleando con lo que no controlas?
Wolff lo dio todo y aun así perdió Abu Dhabi.
Separa hoy, en un papel, lo que depende de ti de lo que no. Enfoca todo tu esfuerzo en mejorar lo que puedes controlar, y deja de preocuparte por lo que no está bajo tu control.
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