#157. 5.127 Prototipos y 5 Años de Obsesión en un Garaje Helado que Hoy Valen 15.000 Millones
“No soy la más fuerte. No soy la más rápida. Pero soy realmente buena sufriendo.” - Amelia Boone
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5.127 Prototipos y 5 Años de Obsesión en un Garaje Helado que Hoy Valen 15.000 Millones
Tu vida comienza hace 78 años en Cromer, un tranquilo pueblo costero de Norfolk, Inglaterra.
Tu padre es profesor de latín y griego en un internado de prestigio. Tienes una infancia feliz entre los canales de Blakeney y las dunas de arena de la costa.
A los nueve años, tu mundo cambia para siempre.
Tu padre lleva meses yendo a Londres para tratarse un cáncer que nadie te ha explicado bien. Un día, le acompañas a la estación de tren de Holt para despedirle.
Él te sonríe con una mezcla de cariño y tristeza.
Es la última vez que le ves.
Décadas después, describirás ese momento con dolor:
“Me ahogo de nuevo con solo pensar en aquella valentía forzada.”
La pérdida te transforma. Te sientes solo.
En medio de la tragedia encuentras tu primera piedra de apoyo: el director del colegio te ofrece una beca para que puedas seguir estudiando. Es un acto de generosidad que no olvidarás jamás.
Conviertes tu soledad en combustible.
Te apuntas a carreras de fondo. No porque seas el más rápido, sino porque descubres algo que se convertirá en tu activo más valioso durante toda la vida: tienes una determinación de acero.
Mientras los demás corren en círculos por la pista como un rebaño de ovejas, tú te levantas a las seis de la mañana para subir y bajar dunas de arena en la costa.
Lees que el corredor olímpico Herb Elliott entrena así, y decides imitarle. Corres solo, al amanecer y al anochecer, por los caminos de la costa de Norfolk.
“Era bastante bueno en ello, no porque fuera físicamente dotado, sino porque tenía más determinación. Aprendí el valor de la determinación corriendo.”
Primero estudias arte, y luego diseño de muebles en el Royal College of Art de Londres. Allí descubres la ingeniería casi por accidente. Conoces a Jeremy Fry, un inventor y empresario que se convierte en tu mentor. Te enseña que no necesitas títulos ni expertos: necesitas construir cosas y aprender sobre la marcha.
Años después lo recordarás así:
“Después de la idea, hay tiempo de sobra para aprender la tecnología. Mi primer prototipo lo construí con cajas de cereales y cinta de carrocero, mucho antes de entender cómo funcionaba.”
En 1974, con 27 años y dos hijos pequeños, deudas considerables y una hipoteca enorme, dejas un trabajo que te gustaba para lanzarte a lo desconocido.
Tu primer éxito
Inventas el Ballbarrow: una carretilla revolucionaria que sustituye la rueda tradicional por una bola de plástico.
Es más estable, más manejable, no se hunde en el barro. La idea te surge por pura frustración personal: estás reformando la granja en la que vives y tu carretilla normal se atasca constantemente.
Es un éxito total, conquistando el 50% del mercado británico.
Pero necesitas inversores para crecer, y cometes un grave error que te perseguirá durante años: para levantar capital con mayor facilidad, asignas la patente a la empresa en lugar de dejarla a tu nombre.
Tu director de ventas te traiciona. Roba el diseño y lo vende a una empresa americana para que lo fabrique bajo otra marca. Demandas, pero pierdes. Los juicios te cuestan cientos de miles de libras.
En enero de 1979, mientras tu madre agoniza, también de cáncer, el consejo de administración de la empresa que tú mismo fundaste te despide.
Pierdes tu invento, tu trabajo, y gran parte de tu dinero. Tienes 31 años, tres hijos pequeños, y una segunda hipoteca sobre tu casa.
“Ese invento era parte de mí. Perderlo fue como dar a luz y luego perder al hijo. Quedé completamente destrozado. Había perdido cinco años de trabajo. No supe proteger lo único que era más valioso para mí. Desde ese momento, mi gran motor fue el miedo a otro fracaso.”
La obsesión que lo cambia todo
Incluso en tu momento más bajo, tu mente de inventor sigue trabajando.
Un día, en la fábrica del Ballbarrow, te habías fijado en un problema: cada hora había que parar la producción para limpiar el polvo de pintura que atascaba los filtros.
Un técnico te explicó entonces que la solución era un “ciclón” industrial: un tubo cónico que usa fuerza centrífuga para separar las partículas del aire.
De repente, un día conectas los puntos de la forma más espontánea.
Llevas meses odiando la aspiradora que has comprado para tu casa. Es cara, de marca, pero no aspira bien. Descubres que la bolsa se atasca con una fina capa de polvo después de cada uso, bloqueando la succión. Es un defecto de diseño fundamental que nadie ha resuelto en décadas.
Esa noche, en tu garaje, arrancas la bolsa de tu aspiradora Hoover y la sustituyes por un prototipo de ciclón hecho con cartón de cereales y cinta adhesiva.
Funciona.
Te conviertes, en ese momento, en la única persona en el planeta con una aspiradora que funciona sin bolsa.
5.127 prototipos en un garaje helado
“No existe el salto cuántico. Solo existe la persistencia obstinada. Lo que pasa es que, al final, haces que parezca un salto cuántico para los demás.”
Lo que sigue es una odisea de 5 años.
El taller para tu nueva obsesión es un garaje reconvertido en la parte trasera de tu casa. No tiene calefacción, ni agua corriente, ni teléfono. En invierno hace un frío que te entumece las manos. Trabajas solo, construyendo un prototipo tras otro, cambiando una variable cada vez. Anotándolo todo.
Mientras tanto, tu mujer trabaja como profesora de arte para mantener a la familia. No os llega. Tienes que vender la tierra que os queda. Hipotecáis la casa una tercera vez. Vives al límite del colapso financiero.
Pero sigues. Construyes un prototipo al día. A veces dos. Los numeras obsesivamente. Prototipo 1. Prototipo 47. Prototipo 512. Prototipo 2.789.
Así lo recuerdas años más tarde:
“Fueron años de trabajo constante, fabricando al menos un modelo al día durante más de 1.000 días. Estaba exhausto y la empresa no había ganado ni un céntimo. Los problemas de dinero se volvían cada día más graves, y tenía que hacer que este proyecto funcionara o nos hundiríamos. Estaba muy motivado. Era una combinación de miedo y esperanza la que me mantuvo centrado en la tarea.”
Es lo que bautizas como el método Edisoniano: empírica pura. Cambiar una cosa, probar, registrar el resultado. Sin tomar atajos. Sin teorías elegantes. Solo trabajo, trabajo, y más trabajo.
Al cabo de cinco años y de 5.127 prototipos, tienes por fin una aspiradora ciclónica que funciona perfectamente. Sin bolsa. Con succión constante. Revolucionaria.
Ahora solo tienes que venderla.
Vas a Hoover. Te dicen que no.
Vas a Electrolux. Te dicen que no.
Vas a Black & Decker, a Miele, a todas las grandes marcas del sector.
Te dicen que no. Una y otra vez.
Un ejecutivo te lo explica con la típica condescendencia de los grandes Goliats de cualquier sector ante el David de turno:
“James, tu idea no puede ser buena. Si existiera una aspiradora mejor, Hoover o Electrolux la habrían inventado.”
Otro te dice que tu contenedor transparente es asqueroso. Que nadie quiere ver la suciedad que aspira.
Todas las reacciones que recibes representan la enésima demostración de que la innovación de verdad, esa que cambia el mundo, nunca viene de los grandes jugadores ya establecidos. Viene de gente como tú, gente que cambia el mundo desde un garaje.
¿Por qué? Porque al igual que Kodak quebró por proteger su negocio de película física, y al igual que Blockbuster quebró por proteger el alquiler físico de su stock de cintas, las grandes marcas de aspiradores ganaban millones vendiendo bolsas de recambio. Era un mercado entonces de más de 500 millones de dólares para ellos.
Tu invento elimina ese negocio de un plumazo.
Por eso no quieren saber nada. No quieren tampoco competir contigo. Quieren que desaparezcas.
Pero tú, siendo tú, sigues adelante. Licencias tu diseño a una empresa japonesa. Y en 1986, tu aspiradora G-Force sale a la venta en Japón a un precio astronómico. Se convierte en objeto de culto y gana el premio al Diseño del Año.
Con los royalties de Japón, esta vez haces las cosas bien. Montas tu propia fábrica en Wiltshire, Inglaterra, manteniendo el 100% de la propiedad de la propiedad intelectual. Nunca más perderás el control de tu invento.
En 1993, lanzas la DC01 en el mercado británico. Y en menos de dos años se convierte en la aspiradora más vendida del país.
Destronas a Hoover.
Sí, a esos que te decían que tu idea no podría cambiar el paradigma.
A esa industria que llevaba décadas vendiendo el mismo producto mediocre con bolsas que se atascaban. Ese establishment que te trató como a un loco.
Han pasado 14 años desde que arrancaste la bolsa de tu aspiradora y pegaste un cartón de cereales en el agujero.
14 años.
“He sido un inadaptado durante toda mi vida profesional, y eso parece haber funcionado a mi favor.”
Eres Sir James Dyson
“Lo que aprendí en las carreras de fondo es que el momento de apretar es cuando estás sufriendo como un loco y quieres rendirte. El éxito suele estar a la vuelta de la esquina.”
Transformas 5.127 prototipos en un garaje helado en una empresa que hoy factura más de 7.000 millones de dólares al año. Tu fortuna personal supera los 15.000 millones.
Pero más allá de las cifras, has demostrado algo que la industria no quería admitir: que los “expertos” suelen equivocarse con frecuencia. Que la innovación real no viene de los laboratorios corporativos, sino de garajes fríos donde trabajan inadaptados obstinados.
Y también aprendiste la lección del Ballbarrow. Nunca más te robarán tu trabajo.
¿Qué reflexiones podemos sacar su historia?
Lo que hace un emprendedor es la definición de locura para la mayoría de la gente.
Un emprendedor pertenece a un subconjunto de humanos que deciden que algo que no existe debería de existir, e invierten todo lo que son, y todo lo que tienen, en que eso ocurra. Durante años.
La historia de Dyson es consistente con este arquetipo. Es un máster en persistencia irracional, en el valor de la iteración constante, y en la importancia del control sobre tu trabajo creativo.
Me quedo con 3 preguntas después de leer su historia.
¿Estoy aplicando el método Edisoniano en mis proyectos?
Dyson hizo realidad ese momento de conexión de puntos brillante con 5.127 pequeños experimentos. Cambiando una variable cada vez, registrando cada resultado.
La genialidad no reside nunca en la idea inicial. Depende siempre de la ejecución. De iterar hasta que funcione.
¿Cuántas veces pienso en abandonar un proyecto antes de haberlo iterado lo suficiente?
¿Estamos manteniendo el control sobre lo que estamos creando?
Dyson aprendió por las malas con el Ballbarrow. No proteger esa patente le costó la compañía entera. La segunda vez, se aseguró de mantener el 100% del control.
¿Estoy construyendo activos que controlo, o estoy desarrollando propiedad intelectual que pertenece a otros?
¿Me rindo cuando los “expertos” dicen que no?
Todas las grandes empresas del sector le dijeron que su idea era imposible. No porque fuera mala, sino porque amenazaba su modelo de negocio.
A veces, el rechazo del establishment no es una señal de que estás equivocado. Es la señal exacta de que estás tocando un mercado que necesitan proteger.
Es la señal de que hay que ir a por todas.
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Esto de las historias me encantan, parece que el éxito viene dado, y este tipo de escritos ayudan mucho a ver lo que hay realmente detrás, muy top este Dyson (tengo una en casa)!
Que buen “story telling” Rafa. Persistencia, perseverancia y resistencia. Quien aguanta gana y donde nada es seguro, todo es posible. Gracias por el post!